La culpa es mía… ¡Y qué bien me sabe!

¿Ya no recuerdas lo bonito que es responsabilizarse de tus propios actos? ¿Te refugias en chivos expiatorios y en intentar desquiciar a otros? Bueno, entonces no es que seas diferente a una gran mayoría… ¿Pero a quién le importa, si no a ti?

Responsabilizarse es una de tantas cosas que tienen múltiples facetas, unas tan amargas como dulces son las otras.

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Hay que hacerse cargo de tantas cosas…

  • De nuestras emociones.
  • De nuestras acciones.
  • De nuestras reacciones.
  • De nuestras decisiones.
  • De nuestras cagadas.
  • De nuestras triunfadas.
  • De nuestras fachadas.
  • De nuestras identidades.
  • … y una larga lista más, que no me apetece seguir.

Lo más divertido para mí está en el hecho de que algunos hemos decidido hacernos cargo de todo por la vía rápida y directa: siendo siempre nosotros mismos, joda a quien joda y pese a quien pese. ¿Te imaginas lo que puede pasar?

No es todo tan bonito como podría parecer…

Se choca, y mucho, con bastantes personas.

¿Es preocupante? Depende.

¿Es peligroso? Depende.

¿Piensas que deberíamos atenuarlo, moderarnos o algo del palo?

Ya te digo yo que así no ganamos nada.

Una amiga mía (de esas que difunden siempre mensajes lapidarios, cada uno mejor que el anterior) lo cuenta muy bien: “no hay que rebajarse uno mismo solamente porque alguien no te soporta sin cortar“.

Tampoco falta ese mensaje que dice que “por cada persona que te quiera y a la que le gustes por lo que eres, habrá otra que te rechace y a quien le desagrades exactamente por el mismo motivo“.

El mítico una de cal y otra de arena, vaya.

Ni culpa ni falta, sino ser consecuente…

Hace mucho tiempo me comprometí conmigo mismo a no cambiar ni esconder mi forma de ser, a no fingir nada; y menos por intentar agradarle a nadie. Y sí, se puede…

Sin terminar con los huevos por corbata, de hecho.

Cuando muchas personas me preguntan sobre si soy selectivo con la gente de la que me rodeo y con la que me relaciono, les digo siempre que no lo necesito porque mi forma de ser es mi propio criterio de selección. Si somos compatibles, sea cual sea la forma, encajaremos.

Si no, mi propia vida te expulsa de ella.

Y no necesito recurrir a desquiciarte. No necesito usarte de chivo expiatorio para mis mierdas. No me hace falta nada más que ser tal y como soy… Que ya te marcharás por tu cuenta, o te quedarás si es lo que te apetece/interesa/conviene/whatever.

Para lo siguiente que tengo que decir, te invito a un trago.

Sírvete a tu gusto, tenemos la botella.

Sírvete a tu gusto, tenemos la botella entera para nosotros.

Mi única responsabilidad, culpa o falta aquí es por cierta inflexibilidad.

No estoy dispuesto a dejar que el mundo haga de mí algo que no soy, que no fui y que no quiero ser. Tengo los medios para evitarlo, la voluntad para llegar a ser lo que sí deseo ser y las ideas bien claras.

¿Y por qué esa rigidez, cuando estamos en La Vida es Fluir?

Te lo cuento con una metáfora.

Un barco también fluye, pero si no es lo bastante recio se quiebra en medio de la tormenta. Si no lo cuidas como merece, puede abandonarte en un momento de necesidad. Pero si lo sabes escuchar y tratar, dará su vida para salvar la tuya.

Más o menos esa es la idea que tengo de mi forma de vivir.

Es mi barco. Es mi edén. Es mi cárcel. Es mi mar abierto.

También es la tormenta, y la calma que la contiene.

Pero lo acepto… Me acepto como soy. Me quiero como soy… Y esa es mi única responsabilidad REAL.

Hay montones de cosas por las que nos sentimos culpables o responsables y en realidad ni siquiera tienen que ver con nosotros. No se lo debemos a nadie… Pero sentimos que sí.

En un artículo de the-open-mind.com,Jade Small nos cuenta que hay al menos quince de ellas que son bastante preocupantes. De hecho, defiende que no le debemos esto a nadie:

  1. Una explicación de tu situación de vida.
  2. Una explicación de tus prioridades.
  3. Una disculpa que en realidad no sientes.
  4. Una explicación cuando necesitas estar a solas.
  5. Estar de acuerdo con sus creencias personales.
  6. Un sí a todo lo que te digan.
  7. Una explicación por tu apariencia física.
  8. Una explicación por tus preferencias alimenticias.
  9. Una explicación por tu vida sexual.
  10. Una explicación por tu carrera o por tus decisiones vitales.
  11. Una explicación por tus ideas políticas o religiosas.
  12. Una explicación por estar soltero/a.
  13. Una cita solamente porque te la piden.
  14. Una explicación por tus decisiones sobre el matrimonio.
  15. Una explicación por tus elecciones sobre relaciones.

Atendiendo a su artículo, encuentro que yo mismo me he sentido responsable en ocasiones y me he justificado ante mi familia, ante mis amigos y ante personas que tienen o tuvieron peso en mi vida.

Que yo mismo me he desquiciado por darme a entender, por sentir que era mi deber hacerlo. Pero como dice una de mis canciones favoritas, yo rompo cadenas por hobby… Así que en cuanto pude, me cargué esta también.

Es muy fácil que me tachen de desconsiderado por ello…

Pero tampoco te creas que no me hago cargo de ello.

Si me sabe tan bien tener la culpa de esto, es porque la sarna con gusto no pica.

Como reza un dicho muy antiguo, en la vida tomas lo que quieres y pagas el precio luego… Esto es casi axiomático y funciona así para todo, pues nada te viene regalado en la vida (y lo que parece que sí, te llega porque otro así lo quiso).

Si tú tomas un camino, te toca pagar el peaje y afrontar la tarea de recorrerlo. ¡Haya lo que haya en él, y pase lo que pase en el viaje! Si hay tropiezos, si hay emboscadas, si la ruta está congestionada o desierta… Si vas solo, si te acompañan.

others-will-try-to-break-youAsí pues, en cierta manera la única responsabilidad que tienes está en reconocerte a ti mismo, en tener claros tus límites y superarlos en la medida que lo requieran las circunstancias (que también has de saber identificar adecuadamente; a no ser que te guste que la vida te tumbe y se siente encima de ti, pero no precisamente para algo rico). Está en saber los caminos que quieres recorrer, y tener en cuenta la clase de acompañantes que deseas tener.

Y está, en especial…

En saber ser tú mismo un buen compañero de viaje (y siempre, a poder ser, sin cortarte).

Aunque esto te lo debas más bien a ti mismo… Porque eres el único que tienes la seguridad de que llegará contigo al final del camino. Así que hazte cargo, si quieres, de no aburrirte en tu propia compañía.

Así no tendrás ningún problema en pasar tiempo a solas (o mejor dicho, en pasar tiempo contigo mismo).

De cara a los demás; todo lo que te resta es acoger a quien venga a ti, y no perseguir a quien se vaya de tu lado. También puedes responsabilizarte, si quieres, de enseñar la puerta y ayudar a cruzarla a esas personas que se quedaron solamente para intentar desquiciarte, marearte, alejarte de ti mismo y de quien te hace bien, o perderte en caminos que no te conducen donde quieres estar.

Dicho queda pues.

Y lo apoyaremos con el monólogo introductorio del personaje de John Wilmot en la película El Libertino, magistralmente interpretada por Johnny Depp… Solamente por dejarlo aún más claro.

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¿Te has visto alguna vez en la típica situación incómoda donde dar explicaciones es malo y no hacerlo es peor? ¿Has jodido las cosas con alguien por ser fiel a ti mismo alguna vez? ¿Has tenido que mandar las cosas a la mierda por no quedar otra (o no quedar opción buena)?

Para reflexionar, una cita de Oscar Wilde… Él dijo:

“Sé tú mismo, todos los demás ya están cogidos.”


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Un abrazo, y vuelve cuando quieras.

Kheldar

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