¿Por qué la sociedad de hoy parece condenada y resignada al fracaso tan frecuente de las relaciones? ¿Qué pasó para que nuestra cultura moderna nos lleve a experimentar fracasos amorosos continuados? ¿Hemos olvidado lo que es en realidad el amor? O, mejor dicho… ¿Hemos llegado a saberlo en algún momento?

No estamos preparados… Aunque algunos individuos al menos se esfuerzan por estarlo algún día. Los compromisos, los sacrificios, lo que hay que poner en juego; simplemente no estamos listos para asumirlo. Muchos de nosotros preferimos una vida simplificada (que no equivale a una vida sencilla en absoluto), y en ello incluimos nuestras relaciones.

Cuando las cosas se nos aparecen más crudas, en vez de cocinarlas a fuego lento en nuestra paciencia y entrega con serenidad… Nos apagamos. Queremos ver crecer una relación y que dé sus frutos, pero no le damos el tiempo necesario. Nos rendimos.

Al parecer ya no queremos experimentar el amor imperecedero y le ponemos una fecha de caducidad. Queremos un instante de arrolladora pasión que nos permita apagar por un tiempo los sentimientos que no han muerto -ni lo harán-, hasta que conseguimos desplazarlos a la zona de la nostalgia indolora y el recuerdo inspirador y agridulce.

Queremos estar “presentes en el momento”, a todas horas y a toda costa. Al llegar a ello, hemos perdido la capacidad para llevar bien la estabilidad y las situaciones predecibles. Confundimos la quietud y el sosiego con el aburrimiento y el cansancio, y empezamos a buscar nuestra próxima aventura casi sin darnos cuenta.

Ya no buscamos alguien con quien compartir de manera sostenida y constante nuestros sueños y deseos más profundos. Únicamente alguien capaz de tolerar y saciar nuestros apetitos más superficiales…

Por eso, entre otras cosas, ¡nos llaman la sociedad de la gratificación instantánea!

Y, cuando le damos una oportunidad a las personas que llegan con la energía necesaria y en el momento preciso de encontrarnos abiertos a profundizar; sucede que no sabemos afrontar los inevitables conflictos que surgen de unir dos caminos tan íntimamente. Porque no se pueden resolver en un decir Jesús.

Casi todos los sitios donde te aconsejan (o te “entrenan”) para llevar una relación saludable te lo recuerdan y te lo remarcan: si no lo haces tú, no tardará en buscarse otra persona que lo haga… Je.

¡¡¡PAREN LAS ROTATIVAS!!! ¡Hay que meter eso en primera página todos los días de tu vida! No se nos vaya a olvidar que carecemos de aguante, aunque nos llenemos la boca diciendo que amamos, valoramos y apreciamos a alguien. No tenemos tiempo para cultivar la relación y, al mismo tiempo, seguir con nuestra propia vida. O hemos dejado de querer invertirlo, porque mientras haya pulso… En mi familia te dirían que si hay pulso hay ganas, pero no siempre es el caso. 

No nos tomamos el tiempo necesario para enamorarnos y expresarlo porque no se da por sí mismo. Agendas apretadas, estilos de vida frenéticos y el empuje de la cultura… Lo queremos todo de una sentada, y para ayer. A ser posible, antes. La paciencia no tiene cabida en nuestros días, así que no era tan descabellado que también desapareciera de nuestras relaciones. Y así nos vamos cargando los puntales que mantienen las estructuras de apoyo emocional y dejan desarrollar las conexiones más profundas.

Como muestra de nuestra actitud paradójica, seguimos esperando que se den a pesar de dinamitar la posibilidad. Además en el menor tiempo posible, como si fuera un derecho de nacimiento. Pocas cosas merecen dedicación y perseverancia estos días… Y parece que el amor es el principal exiliado de la lista de merecedores.

Por suerte, se da la gloriosa posibilidad de dar con alguien que lo entregue todo abierta e incondicionalmente… Hasta que le dure la paciencia y aguante que haya juntado. Que, con suerte, dará para un año o dos.

Por la inmediatez y el frenetismo, perdemos la oportunidad de conocer realmente a los demás. Nos distrae todo el ruido de las redes sociales. Nos absorbe la responsabilidad. A veces aprendemos todo sobre una persona antes de llegar a crear la relación. A veces llegamos a la relación para descubrir cosas que requieren trabajo (por parte de ambos, ojo) para solucionarlas, y a menudo negamos la oportunidad que merecen. O se la damos a la persona equivocada para tratar de librarnos de algo más intenso, y terminamos jodidos. Estamos vacíos y nos dejamos sofocar por la sobreabundancia de información inútil. Tenemos un hambre atroz de contacto humano que no satisfacemos.

Nos consideramos liberados sexualmente porque podemos explicar el concepto y hacer toda clase de locuras… Y entonces equiparamos el sexo con el amor. A veces nos surge en medio de una relación donde estamos mejor juntos que solos, y a veces se da desde el principio pero el miedo a espantar al otro se impone. Y callamos.

Y navegamos en un mar de relaciones con su cierto sentido, tal vez sin sentido en absoluto. Que son mejores que la absoluta soledad, pero nos alejan de ver la posibilidad de que sea nuestra actitud la que nos ha metido en una cultura de empezar cosas, dejarlas a medias y empezar algo diferente. Y de ver que podríamos cambiarla.

A menudo buscamos la lealtad del mismo modo que el sexo: con facilidad y sin compromisos. No sabemos nada sobre la vinculación y la exclusividad, y no ponemos interés ni esfuerzo en averiguar de qué va la vaina.

Pensamos mucho y apreciamos demasiado poco. Somos hiperracionales, demasiado para la consumidora fiereza del amor. Nunca sobreviviríamos a una relación a distancia porque el esfuerzo necesario y el estrés potencial no tienen sentido para nosotros. No recorreremos medio mundo para encontrar al amor de nuestra vida porque, pensamos, el plausible beneficio no sobrepasa los evidentes riesgos.

Nos consideramos fuertes porque nos rodeamos de tantos muros y capas, pero debajo de todos ellos estamos cagados de miedo. Asustados del compromiso. Del dolor que podemos experimentar o provocar. De fracasar. Y, como colofón, incluso de amar. Nos asusta abrir nuestra vida y nuestra alma a alguien y nos aterra la vulnerabilidad.

Vestimos máscaras y cuidados disfraces para alardear de nuestras cualidades y fortalezas… Y aún así deseamos que alguien nos vea y nos quiera exactamente por ser como somos.

Contradicciones con patas.

Nos llamamos a nosotros mismos especie evolucionada, y todavía tenemos problemas con el concepto humano primordial: el amor.

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Rompo brevemente mi retiro vacacional con algo de inspiración repentina. Soy así de impulsivo e intenso a veces.

En unas 1000 palabras acabo de hacerle una cura a mi persona y a mi vida.

No creo en la gilipollez de que alguien que tenga una página en la que vende productos y servicios tenga que tener una vida inmaculada y pluscuamperfecta. Por lo tanto, agradezco el buen criterio de mi filtro de spam al bloquear un comentario sobre las reflexiones de los últimos días en torno a la ruptura, la pérdida, la tristeza y el desamor.

Una expresión sana de uno mismo también incluye las cosas menos agradables y menos bellas. Cualquiera que niegue lo que se puede aprender de las adversidades, para mí al menos, es un redomado patán.

Me vuelvo a mi retiro vacacional. A la playa, a dejarme amar por el sol y la brisa marina. Si andas por el Mar Menor, acércate a saludar.

Sergio Melich (Kheldar)Autor: Sergio Melich (Kheldar)
Pedagogo al 90% y subiendo. Comunicador y mentor por vocación (y pronto, más cositas). Autor de las webs La Vida es Fluir & Play it Sexy!, Aventurero y Heartist (persona comprometida a vivir, crear y obrar con cabeza, corazón y conciencia). Escribo sobre el Buen Vivir: autoaprendizaje, estilo de vida, habilidades sociales, relaciones y más.

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