No sé mucho sobre mujeres… Quizás lo justo para dejarme aleccionar por cada una que entra en mi vida. Tal vez lo necesario para que haya resonancia. Y puede que un poco más, bastante para lograr que sean mis cómplices en una travesura compartida.

Casi todo lo que sé versa sobre mí mismo, y me permite sentirme cómodo y confiado en su presencia. Capaz de afirmar cuando quiero que nuestra conexión prospere, aunque a veces por esa misma acción lo dificulte. Consciente de mis emociones y de su profundidad, de lo poderoso que puede ser unirme a un caudal ajeno y dejarme guiar o ser yo quien ponga la dirección.

Y sobre todo… Como un niño. Entregado y genuino. Más presto a comprender y abrazar que a crear brecha.

Si prestas oído y tiempo a este mago, no aprenderás trucos de salón…

Mi hechizo particular estriba en darle vida a las condiciones en las que una mujer se abre y sin temor te da su magia. Sin juicios, me baño en la luz que surge de ella. Durante tanto tiempo como le dura la seguridad que se lo permite, e incluso después.

Igual que la mente que fue ensanchada por una idea nunca recupera su tamaño anterior, ocurre con las almas que se bañan en luz. Ya no pueden esconder ni la suya propia ni el reflejo de la ajena.

Y eso me pasa a mí… Estoy tan abierto a ellas que resuenan conmigo. Que no pueden evitar estarlo también… O bien, y mejor todavía, no quieren.

Por demás, me dejo llevar por lo que aportan. Veo e igualo, y cuando puedo subo la apuesta.

Una persona realmente romántica y apasionada encuentra su propio poder multiplicado en mí. Tanto como contribuye o se vuelca en construir puentes entre nosotros. Tanto como me inspira a implicarme.

Por eso, nunca deja de asombrarme que, en ocasiones, a la gente le asusta la profundidad que ella misma busca.

No es una queja, sino un hecho. Tanto más miedito da cuanto más inesperada la aparición e inconsciente la búsqueda. O contradictoria con lo que creemos desear en el momento en que ocurre.

Aquí es donde podemos cagarla, ¡y puede que sin remedio!

Los seres humanos odiamos los mareos, los juegos de poder y las medias tintas… Y a pesar de tal repulsión, solemos prestarnos a ellos de forma reactiva cuando nos han jodido.

A veces damos con personas que se hallan en estas circunstancias y no les permitimos un espacio donde lavarse la mancha, diluir el dolor y la pena, y volver a su propio ser. A veces lo permitimos y hacemos lo posible para que pierdan el miedo, pero no están preparadas para ello.

Es algo demasiado vulnerable y real…

Si uno no es capaz de navegar su propia tormenta, difícil será que lo inviten a abordar la nave en tormentas ajenas.

Ellas gozan de nuestra intensidad tanto como nosotros de la suya. En especial en las condiciones oportunas. Es una certeza inamovible.

Muchas veces, el único impedimento para darnos a ello es que retenemos o diluimos la expresión pura y perdemos la capacidad para conectar en profundidad.

Ya sea por las heridas que todavía duelen y nos hacen saltar; por la búsqueda consciente actual, que desafía la visión íntima y la esencia real de la persona que tenemos delante (y lo que percibimos en ella); porque nos hayamos cruzado en una transición, en cualquiera de sus etapas y con cualquier tipo de conflictos en marcha; o por dejar hablar más alto a nuestros demonios que a nuestros deseos…

El caso es que lo dificultamos.

No le veo una solución rápida, ni sencilla. La que veo es… Raaaara >_<

Quizás nuestro único y necesario papel (como hombres o como personas, qué carajo) sea tener y aportar nuestra paciencia y claridad, del mismo modo que somos capaces de mostrar urgencia y duda… Incluso a pesar del miedo. Con confianza y esperanza.

Tenemos el jodidamente complicado papel de acoger a otra persona mientras ella quiera estar, y acompañarla sin tratar de resolverle la vida, pero haciéndole más fácil el ser quien verdaderamente es. De nuevo, ser un hogar. ¿A que mola el trabamentes?

Somos capaces de navegar por tormentas propias y ajenas con una confianza preternatural en que saldremos adelante. Podemos manifestar la capacidad y la voluntad de ser y estar, nuestra esencia omnipenetrante y resiliente.

Algunos tenemos un don extravagante… Que es la fuente de nuestra gracia y nuestra desdicha a la vez. El don del Amante, que se sabe amado y sabe bien quién le ama.

Y a quien le gusta prodigar en el amor, en todas sus facetas…

Morbo. Atracción. Diversión. Conexión.

Aunque las formas no sean las mejores y el momento sea totalmente inoportuno, sabemos dar con las personas que desean conocernos y entregarse a nosotros. A veces, incluso antes de que la propia persona lo sepa o se lo plantee siquiera.

Por puro instinto, vibración y confluencia.

He ahí la complicación en toda su gloria.

¿Cómo puedes vivir así, en la incertidumbre más absoluta y siempre improvisando hacia donde fluyes?

Si hay algo en lo que creo sin resquicios, es en la fuerza de una conexión real. Y una vez las encuentro, trato de conservarlas.

Puede que no pase hoy, ni mañana, ni pronto… Pero una cosa es cierta: nadie va a desaprovecharla, si no te la cargas.

Solo tienes que recordar y aceptar que la tomarán cuando sea el momento. Cuando el tiempo sea maduro. Y todas y cada una de las veces que surja ese momento, si nosotros no lo impedimos.

Tan sencillo y complicado como eso.

Habiendo buena simiente todo da sus frutos. Y para mí, para Sergio, nuestro papel pasa por ser el terreno fecundo donde ellas puedan encontrar sustento y firmeza para crecer. En esa colaboración es donde ambos florecemos.

En términos más mundanos: puedes ofrecer a una persona tu amistad y tu intimidad, y será solamente eso. Una oferta. Un terreno que abonar.

Ella decide si lo coloniza y te ofrece el suyo, para que eches también tus raíces. Y lo mismo al revés, porque también puedes verte tomando tú la decisión ante ofertas de ellas.

Cuanto mayores los juicios y más vergüenza provoquen, menos aceptarán tus invitaciones y menos te llegarán a ti. Tu terreno está lleno de zarzas, y es complicado plantar nada bueno y bonito en sitios así.

Cuanto mayor la paciencia, la comprensión y la compasión que se desprendan de tu ser, más acudirán los demás a ti… Hasta quienes han tomado vías separadas anteriormente, o han visto que tus aguas son demasiado profundas para ellos cuando intentaron bañarse en ellas.

Me toca recordar y reencontrarme conmigo mismo este año…

Hace tiempo que empecé a defender en esta casa la idea de que la amistad y otras formas de conexión, tan íntimas como queramos y podamos tenerlas, están ahí para darnos tiempo a conocer y descubrir más… Y que quien las rechaza condena a morir una relación floreciente, tan sólo porque no comienza en los términos que le gustaría.

Sería análogo a tomar clases y aprender a nadar con botella y aletas, porque sabes que quieres ver lo que hay bajo la superficie y no tener que ir con prisas y miedo… Porque no te dan los pulmones.

Cuesta mucho.

Duele mucho.

Confunde.

Pero también recompensa.

Hazme caso en esto: si le gustas de verdad, buscará la forma de que podáis permanecer. Eso no significa ni más ni menos que intentará asegurar la presencia de ambos en la vida del otro.

A partir de ahí, solamente hay que vivir… Y todo aquello que haya de pasar sin esfuerzo se da. Sin acción se realiza.

También dije en su día que hay ciertas cosas tan cabronas y elusivas que si las buscamos aposta nos rehuyen. Esta es una de ellas. La presencia es generativa, pero se lleva mal con quienes intentan apresurarla.

Y yo no tengo ganas de enemistarme con ella. Así pues, pongo mi interior patas arriba y a la vista escribiendo esto.

Puede que así aprenda algo más.

En síntesis…

Tengo una total confianza en que mi presencia es deseable, y mi persona también. Sin fisuras. Me brindo a mí mismo, y me presto a la danza. A veces será una giga, y a veces un tango… Pero siempre una danza.

Tengo una total confianza en los sentimientos que porto y en los que genero. Estos últimos son lo único que demando, porque son lo único que me pertenece de los demás.

Tengo una total confianza en el espacio y las condiciones que se crean así. En que acoger con un corazón generoso y despedir con el mismo espíritu permite a quien se siente en su hogar conmigo que viaje por la vida y que regrese. Ambas cosas a su entera discreción y necesidad.

Y gracias a eso sigo nadando en las corrientes de la vida, aunque a veces me siento como un pez fuera del agua.

Sergio Melich (Kheldar)Autor: Sergio Melich (Kheldar)
Pedagogo al 75% y subiendo, comunicador y mentor por vocación (y pronto, más). Autor de las webs La Vida es Fluir & Play it Sexy!, Aventurero y Heartist (persona comprometida a vivir, crear y obrar con cabeza, corazón y conciencia). Escribo sobre el Buen Vivir: autoaprendizaje, estilo de vida, habilidades sociales, relaciones y más.

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