Hay una grandísima trampa en la que caemos con todo el gusto del mundo cuando empezamos nuestro viaje de transformación personal y tratamos de vivir mejor nuestra vida.

Este obstáculo escondido es, en esencia, una tendencia que tenemos de ignorar toda parte incómoda de aquello que compone la totalidad del ser humano y la experiencia de este ser.

En otras y sencillas palabras: puede resultar muy fácil que escondamos la mierda bajo la alfombra y nos centremos en las cosas bonitas y brillantes.

Como he mencionado en textos anteriores, cuando ignoramos aquellos aspectos más profundamente asentados en nosotros porque nos resultan incómodos, nos estamos fallando a nosotros mismos en la peor forma de traición que existe.

Por supuesto que es noble que queramos verle el lado bueno a todo, y que es virtuoso que queramos resolver amorosamente todos los problemas del mundo… Pero al hacerlo, a menudo fallamos a la hora de reconocer que tenemos que curar primero nuestras propias heridas: traumas no superados, complejos, partes que ignoramos por incomodidad, creencias erróneas y todo lo que se te ocurra aquí.

Hay que reconciliarse con cosas que todavía nos hacen sentir indignos de dejarnos guiar por nuestra esencia de Artistas y de conectar con la vida. Y cuando dejemos de negarnos el derecho a Ser Amor y Autenticidad, podremos darle eso al mundo sin privarnos a nosotros de ello.

Seis maneras en que nos desviamos de nuestro sendero de transformación

Uno de los mayores baches en nuestro viaje de crecimiento y comprensión de nuestro ser, es nuestra tendencia a enamorarnos del mensaje y la promesa de paz y amor. Y mientras, directamente nos esfumamos cada vez que toca experimentar las partes más complejas y oscuras. Corremos unos velos que parecen telones de acero. Por supuesto, no estoy diciendo que las partes amables y luminosas de nuestra existencia no tengan un lugar en este viaje… Ni en broma.

Digo que si las convertimos en algo tan admirado, que si nos centramos tanto en ellas, lo que conseguimos es convertirlas en represoras del resto de nuestro Ser y nuestra experiencia humana. Las convertimos en la resistencia que nos impide llegar lo bastante profundo como para cambiar sustancialmente, y lo que hacemos es crear un desequilibrio interior.

A menudo, los motivos que nos llevan hacia el camino espiritual son muy relativos a experiencias pasadas de grandes conflictos, de gran dolor y de gran decepción, tanto las propias como las ajenas. Experiencias que tan sólo pudimos observar y afrontar como fuera. Con ello se tiende a generar un ansia de sentir plenitud, de encontrar respuestas y soluciones para todo lo que nos ocurre y lo que no comprendemos. Y no es sabio que al perseguir esas respuestas y buscar el lado más ligero de la vida dejemos atrás las partes más pesadas. Ya lo decía Bruce Lee: más que pedir una vida fácil, hay que pedir la fuerza para llevar una vida sin importar lo difícil que sea.

Y lo cierto es que cuando pensamos en Desarrollo Personal, en Espiritualidad, en la “Conciencia Superior” y en la evolución del Ser, tendemos a dar por hecho que hay una trascendencia inmediata en esas experiencias. O que vamos a crear un punto de inflexión aquí y ahora… En vez de darnos cuenta del increíble potencial con el que contamos ahora mismo. Potencial que podemos desarrollar e integrar para transformarnos en algo distinto, cuando nos hayamos comprendido y aceptado tal como somos ahora.

Por ponerlo de otra forma:

Imagina la transformación del gusano en mariposa. El gusano, cuando entra en la crisálida, no deja de ser gusano inmediatamente. Se refugia dentro, pero continúa siendo lo que es y comienza su transformación allí. Cuando sale, sigue siendo un gusano que ha evolucionado, y que ha ganado un par de alas muy bonitas de paso.

La naturaleza de la transformación no tiene nada que ver con ignorar aspectos de nuestra naturaleza y engañarnos para darlos por superados. Hay que trascender lo que éramos para poder integrarnos por completo, antes de que algo nuevo pueda florecer en nuestro Ser.

Hay varios errores que nos lo impiden, y mencionaré varios ahora.

1. Tratar de perder tu Ego

Demasiada gente habla sobre “ir más allá del Ego”, y se refieren a desprenderse del mismo. Lo retratan como algo perverso que se convierte en una trampa mental. En realidad, nuestro sentido del Yo, nuestro Uno Mismo, es esencial para desarrollarnos como individuos y no es intrínsecamente malo. Es necesario para nuestra supervivencia y para que comprendamos que, al ser seres individuales (físicamente y más allá de eso), tenemos que cuidar de nosotros mismos.

Intentando apagar nuestros egos, o pensando en ellos como meras “ilusiones”, nos arriesgamos a desarrollar un profundo sentido de futilidad. De que nada importa, y de que no hay motivos para hacer nada ni para relacionarse con otras personas. (Casi literalmente: “No existo, así que ¿por que voy a molestarme en hacer esto?”; o bien “Los demás no existen, así que ¿por qué molestarme en perdonar o en cultivar una relación profunda con ellos?”).

Es necesario darnos cuenta de que trascenderse a uno mismo implica que consigamos primero que nuestro ego sea sano y funcional. Que opere armoniosamente con el mundo. Y para que haya tal armonía, primero hay que Abrazar las Sombras. Hay que sentir amor propio y reconciliarnos con nuestro pasado. Eventualmente, perdonamos a los que nos hirieron y nos perdonamos a nosotros mismos por habernos dejado herir. Vamos a seguir teniendo a nuestro Ego en el viaje, pero a diferencia del otro camino, por ser conscientes y haberlo integrado dejará de intentar tomar el control por la fuerza y nosotros dejaremos de seguirlo a ciegas.

2. Siempre ser “positivo”

Cultivar el hábito de ver el lado bueno del mundo puede cambiar mucho para ciertas personas, especialmente para aquellas que son propensas a tener un juicio negativo para todo.

Y aunque ver el oro enterrado en el fango de la vida puede ser muy beneficioso, la propia naturaleza de una actitud positiva nos lleva a estar juzgando constantemente al mundo y catalogando lo que es “bueno” y lo que es “malo”. Nos pone en guerra contra el mundo, a la defensiva y preparados para un contraataque de positividad contra todo lo que nos parezca negativo. Y todo porque creemos que así lo malo será menos malo. Pero, ¿qué ocurre cuando nuestras expectativas eran erróneas, o cuando no podemos hacer nada que cambie realmente las circunstancias? Pues que terminamos sintiéndonos devastados y pensando que somos unos fracasados, o unos incapaces.

Cuando dejamos de categorizar el mundo en blancos y negros, y de poner etiquetas de bueno o malo a las cosas, dejamos de resistirnos a la vida. Y también dejamos de generar una gran cantidad de estrés innecesario, con lo que no necesitamos ponernos las gafas rosas a todas horas.

3. Volver a ser como un niño

Se dice bastante a menudo que debemos retornar al estado de la infancia, para poder experimentar la divinidad o la unidad. Se dice que solamente entonces conocíamos la inocencia y que la perdimos cuando desarrollamos el sentido de individualidad y empezamos a vernos como seres separados de la existencia.

La unidad que experimenta un niño no es la misma que experimenta un adulto. El niño experimenta una fusión con la vida, porque todavía no ha desarrollado una identidad separada y no conoce por tanto nada distinto a eso. Sin embargo, el adulto que ha desarrollado, unificado y trascendido su sentido del Yo, adquiere una perspectiva completamente diferente sobre la unidad y la conexión profunda con la vida. Esta unidad se basa en la responsabilidad, en la conciencia del intercambio entre nosotros mismos y todo lo que existe.

Este sentido de responsabilidad es lo que distingue al regreso a un “estado infantil”, donde dejamos la responsabilidad en un locus de control externo, del acto de desarrollar un ser con espíritu infantil, que al mismo tiempo sea completamente consciente de los efectos de sus acciones porque sea capaz de sentirse uno con la vida.

4. La lógica y la racionalidad son “malignas”

Mientras progresamos en el viaje sin fin de nuestras vidas, empezamos a llegar a momentos de completo silencio interior, de profunda paz, de revelaciones y descubrimientos. Empezamos a tener percepciones de nuestra unidad con lo que existe más allá de nosotros mismos. Y así, tan fácil y rápido como eso, nos convertimos en anti-mentales.

Estas experiencias tienden a ser momentos donde dejamos de pensar y empezamos a sentir y experimentar intuitivamente distintas percepciones sobre nuestra verdadera naturaleza. Y a veces, nos da por pensar que la lógica y la racionalidad son las partes malvadas de nuestro ser que nos impiden tener esta clase de experiencias más a menudo. Y si recuerdas que alguna vez te hayan dicho “¡Es que tú piensas demasiado!”, puede que no sea enteramente cosa tuya. Así es como empezamos a asociar todo tipo de cuestiones irracionales —incluyendo eventos sobrenaturales— con “experiencias espirituales”.

Nuestras mentes son herramientas que, cuando no sabemos manejarlas como es debido, nos llevan por un camino plagado de inmensas cantidades de sufrimiento. Pero aquí lo que es importante que recordemos es que la mente en sí misma no es la culpable, sino nosotros. Por dejar que nos controle de formas tan extremas, como hacíamos con el ego. Tanto el uno como la otra son lo que nos frena de saltar en medio del tráfico porque “nos sentimos uno con todos esos coches y conductores”.

Deja que tu pasión y tu intuición sean las velas de tu nave, pero permite a la razón ser el timón que la guía cuando sea necesario.

5. Centrarse en los chakras superiores

El Hinduismo enseña que todos poseemos una serie ilimitada de centros energéticos en nuestro cuerpo, con siete de ellos siendo grandes centros que podemos utilizar para regular nuestra energía y nuestra experiencia humana. De hecho, esta noción sobre centros energéticos repartidos por todo el cuerpo es compartida por bastantes culturas distintas de una forma o de otra (por dar un ejemplo, la noción asiática de los meridianos y los canales, con tres grandes centros que son llamados “océanos de energía”).

En muchas enseñanzas de personas que utilizan el trabajo con la energía existe un desequilibrio claro, al animar a las personas a centrarse únicamente en los centros del corazón para arriba. Y esto le hace un flaco favor a personas que necesitan imperiosamente armonizar los centros inferiores para estar en equilibrio con su Ser.

Vamos a explicarlo de otra forma:

Imagina un rascacielos alto como pocos, donde los pisos inferiores rara vez reciben las necesarias atenciones de limpieza y mantenimiento, mientras los pisos superiores reciben a diario los cuidados más atentos y son prácticamente glorificados. Lo cierto es que da igual cómo de bien cuidados estén los pisos superiores, porque si los inferiores no reciben la atención que precisan, el puñetero rascacielos colapsará y se derrumbará. Los pisos inferiores son la base y el sustento de toda su estructura.

6. Escucha a tu “Divinidad Interior”

Como hemos mencionado antes, todos nosotros creamos una imagen de nosotros mismos o una identidad que presentamos a los demás.

Al hacerlo, estamos creando al mismo tiempo un Yo en la Sombra, que está compuesto por todos los elementos que queremos esconder de la vista de los demás y de la nuestra. Por tanto, reprimimos una gran cantidad de elementos que podrían ser percibidos como “malos” o “sucios”. Por ejemplo: nuestra sexualidad, nuestros miedos, nuestras vulnerabilidades, nuestros deseos ocultos, nuestros pensamientos “inmorales”, y suma y sigue. Cuando rechazamos estos elementos creamos una naturaleza dual en nuestro interior.

Nuestro Yo en la Sombra se manifiesta, por lo normal, únicamente bajo ciertos tipos de presión que nos impiden contenerlo. Alguna de esas presiones podía ser un estrés desmedido, una emoción demasiado intensa o una experiencia que nos haga bajar la guardia (como los estados alterados de conciencia fruto de la hipnosis, la meditación o las prácticas chamánicas).

Estas partes de las que renegamos pueden influenciar en gran medida nuestra conducta y drenar una gran cantidad de nuestra energía. Nuestros “Yo en la Sombra”, o nuestros “demonios personales”, se vuelven mucho peores cuando se nos educa (por influencia cultural y espiritual) a enfocarnos únicamente en conocer y manifestar nuestras “Divinidades Interiores”.

Nuestras heridas profundas más frecuentemente ignoradas tienen su origen con frecuencia en las relaciones que tuvimos con nuestros padres, con otros familiares o con anteriores amantes.

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Para volver a completar y sanar nuestro Ser tenemos que recobrar nuestra naturaleza de Artistas y manifestar y experimentar tanto lo bueno como lo malo. La luz y la oscuridad forman parte del mismo retrato. Lo bello y lo horrendo en nosotros forma parte de nuestra humanidad.

La única forma de progreso auténtico en el camino del alma es la de experimentar e integrar tantas partes de tu naturaleza como seas capaz.

Y si todo esto te parece una paja mental o una digresión diletante… Tanto mejor.

Se quedará dando vueltas por tu cabeza el tiempo suficiente para incomodarte y darte alguna pista necesaria para tu siguiente paso en el camino.

Sergio Melich (Kheldar)Autor: Sergio Melich (Kheldar)
Pedagogo al 75% y subiendo, comunicador y mentor por vocación (y pronto, más). Autor de las webs La Vida es Fluir & Play it Sexy!, Aventurero y Heartist (persona comprometida a vivir, crear y obrar con cabeza, corazón y conciencia). Escribo sobre el Buen Vivir: autoaprendizaje, estilo de vida, habilidades sociales, relaciones y más.

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