Somos narradores…

Eso es lo que diría si me preguntas por lo primero que me viene a la cabeza para describir a los seres humanos.

Cuentacuentos. Historias con patas que son conscientes de sí mismas y capaces de desgranarse, de darse a conocer ante un público.

Unos más capaces que otros, por supuesto.

Somos narradores, sí… Pero también somos las historias que llevamos a cuestas.

Historias que creamos cada día, caracterizadas por lo que sea que queremos destacar. Generalmente por los altibajos. Y al compartirlas con el mundo, y al revivirlas nosotros mismos, estamos dándole forma a nuestro presente.

¿Qué me dirías si te confesara que podemos crear nuestras historias de manera que nos ayuden a vivir con mayor sentido y propósito?

Probablemente, que me baje del carro de la autoayuda. Y hasta tendrías algo de razón.

Te cuento dónde os equivocáis tanto esos autores como tú.

Pero primero ponte esta canción, para irlo amenizando.

No se trata de plantear e interiorizar una idea hasta que te la creas del todo, sin sombra de dudas (por ejemplo, que el cielo es de color verde con motitas rosas)… No, porque tan pronto como salgas a la calle, tu creencia será confrontada por la realidad y perderá.

Se trata de tomar conciencia y responsabilidad de lo que antropólogos como Mary Catherine Bateson 1 llaman “los actos de creación en la composición de nuestras vidas”.

Por hacerlo más llano: de nuestro legendario personal.

Hay una suma de piezas que construyen este legendario, que derivan de nuestra identidad y nuestras experiencias. Y dado que estas cambian constantemente, de igual modo lo hace nuestra vida.

Las historias que contamos son nuestra forma de compensar el cambio, tratando de hallar un sentido… Un todo unificado que nos permita dar coherencia a nuestras vidas.

Y aquí es donde la cagamos a menudo.

La identidad narrativa del ser humano

Este concepto se le atribuye al psicólogo Dan McAdams, 2 y tiene la misma descripción que el que yo uso de legendario personal.

Es la historia que contamos sobre nuestra persona, asumida e interiorizada a medida que nosotros mismos la vamos creando.

Esta narrativa contiene, más que una historia pormenorizada sobre nuestra vida, todas las justificaciones que consideramos oportunas (que Dan llama “elecciones” y yo llamo “extractos”) para que se pueda comprender nuestro comportamiento y las decisiones que tomamos.

La gracia de los contenidos que empleamos está precisamente en la interpretación.

Ante una experiencia dada, sea buena, mala o neutra; dos personas que la compartan pueden usarla como justificación para cosas muy diferentes, y de hecho, diametralmente opuestas.

Dos hermanos que han crecido juntos y han pasado por la misma situación familiar difícil y tensa, por ejemplo…

  • Uno de ellos puede usar ese fragmento de su historia como excusa para hacer lo que sea con tal de evadirse y acabar por echarse a la mala vida, en un caso.
  • El segundo puede usarlo para esforzarse en aprovechar lo que le han podido brindar en su hogar para mejorar su situación, por poco que sea, en el otro.
  • Y un tercero podría no darle importancia en absoluto a esa experiencia para su legendario personal.

¿Verdad que es curioso?

Hay una buena noticia en todo esto, sin embargo, ya que Dan ha pasado 30 años estudiando esta clase de narrativa y, según afirma, ha descubierto el patrón que usan las personas que viven vidas con sentido para interpretar sus experiencias.

Afirma que, siempre que estas personas estén comprometidas a aportar algo a la sociedad y a las futuras generaciones, será más probable que cuenten historias de redención personal, o historias que demuestran una transición de un mal estado a uno mejor.

También cuenta que, por contra, hay personas que usan historias contaminantes… Que describen sus vidas yendo de lo mejor a lo peor, vaya. Y señala que estas personas tienden a contribuir menos, o tienen menos ganas de ser generativas. También tienden a ser más ansiosos y depresivos, y a sentir que sus vidas son menos coherentes en comparación con quienes cuentan historias de redención.

Sin embargo, hay algo que va más allá de estos dos tipos de historias

Dan afirma, y no es el único autor en hacerlo, que no importa el tipo de historias que empleamos… Sino lo que creamos sobre nuestras vidas, en el tema del sentido. Las personas que creen que sus vidas tienen sentido suelen colmar sus historias con muestras de crecimiento, comunión, voluntad y acción. Y te contaré el sentido que esto tiene para mí, y por qué te hablo de ello.

Pero primero ponte esta canción si ya se te acabó la primera:

Ya me he dedicado durante mucho tiempo a hablar, en este blog y en mis redes, de mi relación con las industrias del ligue y de la autoayuda. Y dentro de esas charlas, he mencionado millones de veces la relación de ambas industrias con el acto de montar una fachada, una historia falsa, un molde o un arquetipo al que ceñirse para intentar “desarrollar unos atributos a base de experimentarlos”.

Un pensamiento que, en su inocencia, puede resultar bastante creíble… Y muy tóxico.

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“La mayoría de la gente dedica su vida a su imagen… Están tan ocupados proyectándose a sí mismos como esto o aquello que terminan por malgastar y disipar toda su energía en crear y mantener una fachada.” (Bruce Lee)

Conozco personas que llevan haciendo como si fueran algo concreto, lo que quiera que escogieron imitar, desde hace diez años o más.

Siguen sin serlo.

Porque no han cambiado la historia que construyen sobre sí mismos ni la forma en la que lo hacen…

Solamente han cambiado sus actos, y por ello terminaron moldeando también sus experiencias y su realidad actual… Pero siguen siendo las mismas personas confusas, dolidas y asustadas que eran cuando empezaron con el baile de máscaras.

Es una elección personal de la que no deseo privar a nadie, porque la propia experiencia (cuando se deja de lado la negación y la autocomplacencia con cualquier tipo de resultados aparentemente positivos) se encarga de enseñarte el daño que te haces.

Pregúntale a Neil Strauss, si no me crees a mí y necesitas más “autoridad”.

Ganó la fama por infiltrarse en la industria del ligue americana y terminar siendo un autor de fama mundial sobre el tema.

Ha vuelto a salir a los focos narrando los traumas que esto le ha provocado: incapacidad socioafectiva manifiesta para mantener una relación significativa y un compromiso sincero con sus parejas, infidelidad patológica (cuando asume un compromiso es incapaz de honrarlo), conductas sexuales y sociales compulsivas (necesidad de “ser el alfa” de cualquier grupo en el que se integra, búsqueda de actos sexuales cada vez más complejos y “transgresores” tales como las orgías grupales y las comunas sexuales)…

Y una larga lista de más problemas que narra en su libro The Truth (La Verdad, en español). 3

Sin embargo, si te da por acudir a autores que son de pensamiento psicológico y filosófico, tienes ejemplos mucho más beneficiosos.

Y como ya se te habrá acabado la canción anterior… Ponte esta:

 

Viktor Frankl, por ejemplo, fue uno de los prisioneros de los campos de concentración nazis y sobrevivió a todo su cautiverio porque reconstruir su libro perdido fue el sentido de su vida 4 durante todo su cautiverio. En esa actividad, aprendió a observar lo que le rodeaba.

En lo que tenía alrededor, Viktor pudo ver que las personas que sabían darle sentido a su vida sobrevivían, y las que no lo conseguían se dejaban morir o se hacían matar. Así de sencillo.

A través de estas observaciones, acabó por crear una escuela psicológica centrada en la búsqueda y clarificación del sentido de la propia vida, llamada Logoterapia (terapia del logos, sabiduría o sentido en griego).

Un caso igualmente peculiar es el del escritor húngaro Imre Kertész, premiado con el Nobel. También deportado a los campos de concentración, en una de sus obras 5 podemos leer lo siguiente.

Atención al párrafo, que se las trae:

¿No esperáis de mí que formule mi pertenencia nacional, religiosa y racial? ¿No esperáis de mí que tenga una… identidad? Os lo revelaré: sólo poseo una identidad que se escribe a sí misma*. ¿Qué más soy? ¿Quién puede saberlo?

(Ein sich selbst schreibende Identität, en el original).

En otra parte de su obra, además, nos remite a lo que hace un rato estaba comentando. Atiende:

Merece la pena visitar los escenarios en que se produjeron los acontecimientos decisivos de nuestras vidas, porque así tomamos conciencia de que no tenemos nada que ver con nosotros mismos.

A mí, personalmente, esta clase de lecturas me dejan con pedacitos de mí bajo las uñas, de rascarme el alma. Una descripción que le debo al rapero Zatu del grupo SFDK. Siglas que según momentos han significado cosas tales como Siempre Fuertes de Konciencia.

Se atan todos los cabos, pero lo único que los mantiene sujetos es nuestra mente…

Mediante las historias que decidimos contar(nos).

                                                                           

Si deseas orientaciones específicas para usar el poder del Sentido en favor de tu legendario personal… Tengo dos opciones que ofrecerte:

  1. La Comunidad de La Vida es Fluir, porque lo oportuno cuando haces algo bueno y digno es defenderlo y compartirlo. Aquí nos dedicamos a revisar toda nuestra historia personal y a manifestarla constantemente, para extraer el sentido y la humanidad que contiene.
  2. El libro The Power of Meaning: Crafting a life that matters de Emily Esfahani Smith. De lo mejor que me he echado a la cara sobre el tema. Consíguelo en inglés: clic aquí.

Por mi parte, el texto acaba aquí. He superado las 1.600 palabras con pocas dificultades, y podría contar mucho más sobre este tema… Pero, en vez de eso, te animo a que me cuentes tú:

  • ¿Cuáles son las historias que cuentas sobre ti? ¿De qué se componen?
  • ¿Qué hechos significativos te ayudan a decidir tu conducta en tu día a día?
  • ¿A quiénes has tomado por referentes o figuras de autoridad y qué influencia tuvieron en la historia que cuentas sobre ti?
  • ¿Qué circunstancia se te repite constantemente y desearías poder cambiar, pero vuelve siempre para morderte en el culo?

Cuando sientas que es el momento, tengamos una conversación auténtica al respecto.

Y ya que toca despedirse, llévate otra canción:

Si te preguntas por qué precisamente esta para acabar… Atiende a cuando dice “Yo también me despisté; pero hice lo nunca hecho, dije lo nunca dicho: si cruzas tus brazos no es un sueño, es un capricho…” – Para los que no escuchen a Nach y no pillen la psicología inversa en esta frase: Ponte en movimiento y no cruces los brazos.

Y si te preguntas por qué tantas canciones…

Te diré que son un vehículo. Tu alma ya lo comprende.

(Imagen destacada: Mi propia historia en la actualidad… Un folio en blanco, que contiene todas las posibilidades y me deja decidir a mí cuáles serán las que toman contacto con la línea principal de esta onda que es la realidad. Mi realidad más inmediata. Mi vida. Los que hay tras este, tienen contenidos. Los que hay más adelante, todavía no. 😉 )

Sergio Melich (Kheldar)Autor: Sergio Melich (Kheldar)
Pedagogo al 90% y subiendo. Comunicador y mentor por vocación (y pronto, más cositas). Autor de las webs La Vida es Fluir & Play it Sexy!, Aventurero y Heartist (persona comprometida a vivir, crear y obrar con cabeza, corazón y conciencia). Escribo sobre el Buen Vivir: autoaprendizaje, estilo de vida, habilidades sociales, relaciones y más.

¿Te gusta lo que has leído? Ayúdame a seguir creando contenidos mediante mi Patreon.


  1. Para conseguir las obras de Mary Catherine Bateson (en inglés), haz clic aquí
  2. Para conseguir las obras de Dan McAdams (en inglés), haz clic aquí
  3. Para conseguir The Truth: An uncomfortable book about relationships de Neil Strauss (en inglés), haz clic aquí
  4. Para conseguir El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl (en español), haz clic aquí
  5. Para conseguir Yo, otro. Crónica del cambio de Imre Kertész (en español), haz clic aquí

Un comentario en “Nuestro legendario personal – cómo nos afectan las historias que contamos sobre nosotros

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